Comprobar varias veces que un mensaje se ha enviado. Leer una conversación una y otra vez para asegurarse de no haber dicho nada inapropiado. Buscar durante horas en internet si un síntoma podría indicar una enfermedad. Revisar el historial del navegador para confirmar que no se ha visitado accidentalmente una página comprometida. Preguntar repetidamente a una inteligencia artificial si una conducta significa que somos una mala persona.
Muchas de estas acciones pueden parecer simples hábitos digitales. En determinadas circunstancias, sin embargo, funcionan como auténticas compulsiones: conductas repetitivas realizadas para reducir la ansiedad, neutralizar una amenaza imaginada o alcanzar una certeza que nunca termina de llegar.
La tecnología no ha creado un trastorno obsesivo-compulsivo completamente nuevo. Lo que ha hecho es ofrecer nuevos escenarios, herramientas y posibilidades para que se expresen mecanismos psicológicos ya conocidos. El móvil, los buscadores, las redes sociales, el correo electrónico, las aplicaciones de salud y los asistentes de inteligencia artificial pueden convertirse en espacios donde la persona intenta resolver obsesivamente sus dudas.